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Miriam Chacón /ICAL - Xosé Antón Vilaboa, hospitalero durante 20 años en San Juan de Ortega (Burgos)
Pioneros del Camino (IX)- Xosé Antón Vilaboa: “No se puede negar que el Camino de Santiago es una ruta sagrada, de perdón y de penitencia”
Elena Prieto -
Fundador y presidente de la asociación jacobea de San Sebastián, fue hospitalero en San Juan de Ortega durante 22 años junto a José María Alonso, ‘el cura de las sopas de ajo’
Nacido en Forcarey (Pontevedra) hace 70 años, este ingeniero civil especializado en obras marítimas ha estado muy vinculado al Camino de Santiago desde que lo recorriera junto a su padre con 18 años y posteriormente conociera a Elías Valiña, ‘el cura del Cebreiro’. En 1988 fundó la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de San Sebastián, que sigue presidiendo. Ha hecho el Camino Francés completo once veces y durante 22 años ejerció como hospitalero en San Juan de Ortega junto a José María Alonso, ‘el cura de las sopas de ajo’.
¿Qué significa para usted el Camino de Santiago?
Siempre he tenido el Camino como norte desde que lo hice en el año 1958 con mi padre, aquello me marcó y también haber conocido a personajes tan importantes como Elías Valiña y José María Alonso. Yo he trabajado mucho por el Camino de Santiago, pero ahora no quiero ya ni gratitud, me conformo con que la gente me escuche porque a mí me ha dado tanto que me gustaría que muchas personas se aprovechasen de esto.
¿Cuál fue su primer contacto con la ruta jacobea?
Mi padre estuvo trabajando a principios de los años 60 en la construcción de la presa de Belesar, en Portomarín (Lugo), que invadía uno de los hitos jacobeos más importantes, la iglesia de San Juan, por lo que les encargaron subir todo el pueblo a un sitio donde no quedara tapado por las aguas. Yo entonces estaba haciendo la carrera en Madrid y en los veranos le pedía trabajo a mi padre. Estuve más de dos meses numerando las piedras de la iglesia con dos o tres obreros y croquizando todo para luego trasladarla.
¿Qué opinaba entonces la gente de la vía hacia Compostela?
En aquella época del Camino de Santiago sólo hablaba algún chalado, como mi padre. Él era un hombre religioso, muy del Camino de toda la vida. A mí me obligó a hacerlo con él en el año 58. No había mapas ni nada y nos perdimos un montón de veces. Sólo se veían peregrinos franceses y alemanes.
¿Qué le hizo interesarse tanto por una ruta que estaba abandonada?
Lo que más me impactó fue conocer a Elías Valiña, ‘el cura del Cebreiro’, alrededor del año 60 a través de mi padre. Él vio en mí, como en muchos jóvenes de la época, el futuro del Camino de Santiago. Don Elías era un cura un poco distinto porque decía las misas en gallego. Lo mandaron al Cebreiro recién salido del seminario y, como tenía grandes inquietudes intelectuales, se aburría un montón. Decidió reconstruir la iglesia y la hospedería, y cuando terminó hizo una tesis doctoral sobre el Camino de Santiago. Fue un trabajo impresionante, que retomó no sólo sus principios geográficos y ciertos monumentos en Galicia, sino que también recuperó la idea de por qué se peregrinaba.
¿Cómo surgió la idea de señalizar el itinerario con flechas amarillas?
Don Elías quería marcar con flechas el Camino gallego, que para él iba desde Villafranca del Bierzo hasta Compostela. Le pidió pintura a mi padre y la única que había en los almacenes era la amarilla, con la que se iba a pintar la nueva carretera junto a la presa de Belesar porque era la que utilizaba el Ministerio y la Diputación de Lugo.
¿Cómo fue avanzando la recuperación de la ruta jacobea?
Muy poco a poco. Don Elías escribió la primera guía y empezó a publicar sus famosos ‘Boletines’. Luego vino el Congreso de Jaca (Huesca), donde nació la revista ‘El Peregrino’, y después nacieron las asociaciones de Amigos del Camino de Santiago. La iglesia no las vio bien, y parece que tenía razón visto lo visto, y creó la Archicofradía Universal del Apóstol Santiago, que también vale para muy poco. Entonces se trató de resucitar la orden de hospitaleros del Camino, gente voluntaria que iba a los albergues con una condición indispensable: que fuesen totalmente gratuitos.
¿Cómo conoció el monasterio de San Juan de Ortega?
Uno de mis amigos, Jaime Cobreros, experto en el Románico, me dijo un día que tenía que acompañarle a un monasterio perdido en los Montes de Oca, en Burgos, porque tenía un capitel de la Anunciación un poco extraño para poder fotografiarlo y que yo hiciera algún dibujo. Allí nos encontramos con el párroco, Don José María Alonso, un hombre encantador que nos enseñó la iglesia. Así fue como se descubrió lo que ahora llaman ‘el milagro de la luz’. Durante tres o cuatro años volví con Jaime todos los años para verlo, dibujarlo, fotografiarlo, etc. Y me quedé enganchado a San Juan de Ortega.
¿Por qué acudió allí como hospitalero?
La asociación jacobea de San Sebastián fue una de las primeras que decidió resucitar la figura de los hospitaleros y empezamos a venir a San Juan de Ortega haciendo turnos de 15 días. Yo fui por primera vez en 1988 y luego repetí durante 22 años hasta que falleció Don José María hace 30 meses. En los años 90 no teníamos subvenciones de ningún tipo y no cobrábamos nada por dormir, así que cuando había dinero teníamos agua caliente y cuando no, no. Si los hospitaleros queríamos comer teníamos que pagarnos nuestra comida y si queríamos venir teníamos que hacerlo en nuestros coches.
¿Cómo era Don José María?
Tenía una gran honestidad y era un hombre que rezumaba espiritualidad por todos lados. Además, era terriblemente tacaño. Él no necesitaba nada, comía muy frugalmente y para comprarle un jersey casi había que cabrearse con él. Yo venía a San Juan de Ortega por el tema espiritual pero también estaba de vacaciones y me gustaba comer por ahí. Me lo llevaba casi todos los días conmigo, pero tenía que pagar con la tarjeta de crédito para que no viera cuánto era porque se mosqueaba. Cuando murió, llevaba 45 años atendiendo a los peregrinos en San Juan de Ortega. Me gustaría que le enterrasen allí pero se ha complicado la cosa. Mi propuesta es que ahora que por fin se va a arreglar el monasterio, que es por lo que él estuvo luchando durante 40 años, le pongan su nombre al albergue. Una vez que se haya conseguido eso, será el momento de hablar de traer sus restos.
¿Qué opinaba él del Camino de Santiago?
Decía que el Camino es como un rosario, un hilo conductor donde las perlas son los edificios religiosos, los hospitales de peregrinos, etc. Y en esos sitios hay que parar porque la ruta no se debe hacer si no te preparas un poco para saber qué te vas a encontrar y dónde. Lo importante no es llegar a Santiago, sino el recorrido en sí mismo. Además, a Don José María le gustaba mucho nombrar dos palabras: gratitud y gratuidad. La gratuidad hay que hacerla por las cosas que uno cree y la gratitud es lo que ayuda a que la gratuidad siga funcionando, o sea, si no hay gratuidad no hay gratitud y si no hay gratitud la gratuidad se pierde, que es lo que ha pasado ahora.
¿Cómo surgió la idea de preparar sopas de ajo para los peregrinos?
El gran problema que tenía Don José María, como la mayoría de la gente de nuestra época, eran los idiomas. Se encontraba a veces en misa con gente que hablaba ocho o nueve idiomas y había que buscar algo para poder entenderse. Entonces inventó una cosa muy barata, las sopas de ajo, que eran una continuación de la eucaristía. Al principio buscábamos el pan que sobraba y después nos lo traían del hotel que está en la salida 2 de Burgos. Los ajos nos los regalaba un amigo suyo que era cura en La Rioja, así que sólo teníamos que comprar la sal y un poco de pimentón. Don José María preparaba las sopas nada más terminar la misa de las siete, que hacía lo más corta que podía porque era un hombre muy inteligente y él donde quería hacer la homilía era con las sopas de ajo, que tenían una gran carga espiritual. Allí se hablaba de todo, los peregrinos hacían confidencias de lo que habían encontrado y de cómo iba evolucionando su pensamiento al ir caminando. Aquello era una maravilla.
¿Cuándo se creó la asociación jacobea de San Sebastián?
Se fundó en abril de 1988 con objetivos totalmente espirituales. Fue una de las primeras pese a no estar en el Camino Francés. Esta ruta es el Camino por antonomasia ya que es el único que tenemos descrito palmo o a palmo, pero cuando Aymeric Picaud escribió el ‘Códice Calixtinus’ la Reconquista ya estaba avanzada. Durante las primeras peregrinaciones esa zona era un campo de batalla entre moros y cristianos y no se podía ir por allí de forma segura, por lo que surgió el Camino Primitivo, que es el de la costa y pasa por San Sebastián. Desde la asociación nosotros intentamos resucitar ese itinerario, que entraba por Hendaya. Era una vía muy importante que cuando avanzó la Reconquista desapareció porque en el Cantábrico desembocan más de 300 ríos y para los peregrinos de la época medieval cruzar un río era un problema terrible porque apenas había puentes y en los pocos que existían había que pagar para cruzarlos.
¿Qué opina de la situación en la que se encuentra el Camino de Santiago en la actualidad?
Yo siempre pienso que algo hemos tenido que haber hecho mal para que este Camino, que nació con una serie de valores espirituales y religiosos, se haya convertido en un parque temático del románico, de la naturaleza, del deporte y de no sé cuantas cosas más. Yo creo que donde empezó la decadencia fue en el Xacobeo de 1993, que es una marca comercial hecha para ganar dinero y registrada por Manuel Fraga en nombre de la Xunta de Galicia. Yo no soy enemigo de eso, el Camino hay que aprovecharlo en toda su magnitud y, si es una fuente de riqueza, hay que aprovecharla, pero lo que no podemos negar nunca es que es una ruta sagrada, de perdón y de penitencia. Ahora, que cada uno la haga como le dé la gana.
¿Cuál cree que será su evolución en el futuro?
Tengo esperanzas de que cuando pase este Año Santo Jacobeo baje y empiece a recuperar su espiritualidad. El Camino se ha mantenido más de mil años porque había un movimiento espiritual detrás, si hubiese sido un parque temático o un sitio para visitar monumentos habría pasado de moda. La gente repite porque le da algo, uno sabe cómo empieza el Camino pero no cómo lo va a acabar. Como yo soy creyente y creo que el Apóstol Santiago lo tiene todo previsto, confío en que esto volverá a su ser.
Nacido en Forcarey (Pontevedra) hace 70 años, este ingeniero civil especializado en obras marítimas ha estado muy vinculado al Camino de Santiago desde que lo recorriera junto a su padre con 18 años y posteriormente conociera a Elías Valiña, ‘el cura del Cebreiro’. En 1988 fundó la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de San Sebastián, que sigue presidiendo. Ha hecho el Camino Francés completo once veces y durante 22 años ejerció como hospitalero en San Juan de Ortega junto a José María Alonso, ‘el cura de las sopas de ajo’.
¿Qué significa para usted el Camino de Santiago?
Siempre he tenido el Camino como norte desde que lo hice en el año 1958 con mi padre, aquello me marcó y también haber conocido a personajes tan importantes como Elías Valiña y José María Alonso. Yo he trabajado mucho por el Camino de Santiago, pero ahora no quiero ya ni gratitud, me conformo con que la gente me escuche porque a mí me ha dado tanto que me gustaría que muchas personas se aprovechasen de esto.
¿Cuál fue su primer contacto con la ruta jacobea?
Mi padre estuvo trabajando a principios de los años 60 en la construcción de la presa de Belesar, en Portomarín (Lugo), que invadía uno de los hitos jacobeos más importantes, la iglesia de San Juan, por lo que les encargaron subir todo el pueblo a un sitio donde no quedara tapado por las aguas. Yo entonces estaba haciendo la carrera en Madrid y en los veranos le pedía trabajo a mi padre. Estuve más de dos meses numerando las piedras de la iglesia con dos o tres obreros y croquizando todo para luego trasladarla.
¿Qué opinaba entonces la gente de la vía hacia Compostela?
En aquella época del Camino de Santiago sólo hablaba algún chalado, como mi padre. Él era un hombre religioso, muy del Camino de toda la vida. A mí me obligó a hacerlo con él en el año 58. No había mapas ni nada y nos perdimos un montón de veces. Sólo se veían peregrinos franceses y alemanes.
¿Qué le hizo interesarse tanto por una ruta que estaba abandonada?
Lo que más me impactó fue conocer a Elías Valiña, ‘el cura del Cebreiro’, alrededor del año 60 a través de mi padre. Él vio en mí, como en muchos jóvenes de la época, el futuro del Camino de Santiago. Don Elías era un cura un poco distinto porque decía las misas en gallego. Lo mandaron al Cebreiro recién salido del seminario y, como tenía grandes inquietudes intelectuales, se aburría un montón. Decidió reconstruir la iglesia y la hospedería, y cuando terminó hizo una tesis doctoral sobre el Camino de Santiago. Fue un trabajo impresionante, que retomó no sólo sus principios geográficos y ciertos monumentos en Galicia, sino que también recuperó la idea de por qué se peregrinaba.
¿Cómo surgió la idea de señalizar el itinerario con flechas amarillas?
Don Elías quería marcar con flechas el Camino gallego, que para él iba desde Villafranca del Bierzo hasta Compostela. Le pidió pintura a mi padre y la única que había en los almacenes era la amarilla, con la que se iba a pintar la nueva carretera junto a la presa de Belesar porque era la que utilizaba el Ministerio y la Diputación de Lugo.
¿Cómo fue avanzando la recuperación de la ruta jacobea?
Muy poco a poco. Don Elías escribió la primera guía y empezó a publicar sus famosos ‘Boletines’. Luego vino el Congreso de Jaca (Huesca), donde nació la revista ‘El Peregrino’, y después nacieron las asociaciones de Amigos del Camino de Santiago. La iglesia no las vio bien, y parece que tenía razón visto lo visto, y creó la Archicofradía Universal del Apóstol Santiago, que también vale para muy poco. Entonces se trató de resucitar la orden de hospitaleros del Camino, gente voluntaria que iba a los albergues con una condición indispensable: que fuesen totalmente gratuitos.
¿Cómo conoció el monasterio de San Juan de Ortega?
Uno de mis amigos, Jaime Cobreros, experto en el Románico, me dijo un día que tenía que acompañarle a un monasterio perdido en los Montes de Oca, en Burgos, porque tenía un capitel de la Anunciación un poco extraño para poder fotografiarlo y que yo hiciera algún dibujo. Allí nos encontramos con el párroco, Don José María Alonso, un hombre encantador que nos enseñó la iglesia. Así fue como se descubrió lo que ahora llaman ‘el milagro de la luz’. Durante tres o cuatro años volví con Jaime todos los años para verlo, dibujarlo, fotografiarlo, etc. Y me quedé enganchado a San Juan de Ortega.
¿Por qué acudió allí como hospitalero?
La asociación jacobea de San Sebastián fue una de las primeras que decidió resucitar la figura de los hospitaleros y empezamos a venir a San Juan de Ortega haciendo turnos de 15 días. Yo fui por primera vez en 1988 y luego repetí durante 22 años hasta que falleció Don José María hace 30 meses. En los años 90 no teníamos subvenciones de ningún tipo y no cobrábamos nada por dormir, así que cuando había dinero teníamos agua caliente y cuando no, no. Si los hospitaleros queríamos comer teníamos que pagarnos nuestra comida y si queríamos venir teníamos que hacerlo en nuestros coches.
¿Cómo era Don José María?
Tenía una gran honestidad y era un hombre que rezumaba espiritualidad por todos lados. Además, era terriblemente tacaño. Él no necesitaba nada, comía muy frugalmente y para comprarle un jersey casi había que cabrearse con él. Yo venía a San Juan de Ortega por el tema espiritual pero también estaba de vacaciones y me gustaba comer por ahí. Me lo llevaba casi todos los días conmigo, pero tenía que pagar con la tarjeta de crédito para que no viera cuánto era porque se mosqueaba. Cuando murió, llevaba 45 años atendiendo a los peregrinos en San Juan de Ortega. Me gustaría que le enterrasen allí pero se ha complicado la cosa. Mi propuesta es que ahora que por fin se va a arreglar el monasterio, que es por lo que él estuvo luchando durante 40 años, le pongan su nombre al albergue. Una vez que se haya conseguido eso, será el momento de hablar de traer sus restos.
¿Qué opinaba él del Camino de Santiago?
Decía que el Camino es como un rosario, un hilo conductor donde las perlas son los edificios religiosos, los hospitales de peregrinos, etc. Y en esos sitios hay que parar porque la ruta no se debe hacer si no te preparas un poco para saber qué te vas a encontrar y dónde. Lo importante no es llegar a Santiago, sino el recorrido en sí mismo. Además, a Don José María le gustaba mucho nombrar dos palabras: gratitud y gratuidad. La gratuidad hay que hacerla por las cosas que uno cree y la gratitud es lo que ayuda a que la gratuidad siga funcionando, o sea, si no hay gratuidad no hay gratitud y si no hay gratitud la gratuidad se pierde, que es lo que ha pasado ahora.
¿Cómo surgió la idea de preparar sopas de ajo para los peregrinos?
El gran problema que tenía Don José María, como la mayoría de la gente de nuestra época, eran los idiomas. Se encontraba a veces en misa con gente que hablaba ocho o nueve idiomas y había que buscar algo para poder entenderse. Entonces inventó una cosa muy barata, las sopas de ajo, que eran una continuación de la eucaristía. Al principio buscábamos el pan que sobraba y después nos lo traían del hotel que está en la salida 2 de Burgos. Los ajos nos los regalaba un amigo suyo que era cura en La Rioja, así que sólo teníamos que comprar la sal y un poco de pimentón. Don José María preparaba las sopas nada más terminar la misa de las siete, que hacía lo más corta que podía porque era un hombre muy inteligente y él donde quería hacer la homilía era con las sopas de ajo, que tenían una gran carga espiritual. Allí se hablaba de todo, los peregrinos hacían confidencias de lo que habían encontrado y de cómo iba evolucionando su pensamiento al ir caminando. Aquello era una maravilla.
¿Cuándo se creó la asociación jacobea de San Sebastián?
Se fundó en abril de 1988 con objetivos totalmente espirituales. Fue una de las primeras pese a no estar en el Camino Francés. Esta ruta es el Camino por antonomasia ya que es el único que tenemos descrito palmo o a palmo, pero cuando Aymeric Picaud escribió el ‘Códice Calixtinus’ la Reconquista ya estaba avanzada. Durante las primeras peregrinaciones esa zona era un campo de batalla entre moros y cristianos y no se podía ir por allí de forma segura, por lo que surgió el Camino Primitivo, que es el de la costa y pasa por San Sebastián. Desde la asociación nosotros intentamos resucitar ese itinerario, que entraba por Hendaya. Era una vía muy importante que cuando avanzó la Reconquista desapareció porque en el Cantábrico desembocan más de 300 ríos y para los peregrinos de la época medieval cruzar un río era un problema terrible porque apenas había puentes y en los pocos que existían había que pagar para cruzarlos.
¿Qué opina de la situación en la que se encuentra el Camino de Santiago en la actualidad?
Yo siempre pienso que algo hemos tenido que haber hecho mal para que este Camino, que nació con una serie de valores espirituales y religiosos, se haya convertido en un parque temático del románico, de la naturaleza, del deporte y de no sé cuantas cosas más. Yo creo que donde empezó la decadencia fue en el Xacobeo de 1993, que es una marca comercial hecha para ganar dinero y registrada por Manuel Fraga en nombre de la Xunta de Galicia. Yo no soy enemigo de eso, el Camino hay que aprovecharlo en toda su magnitud y, si es una fuente de riqueza, hay que aprovecharla, pero lo que no podemos negar nunca es que es una ruta sagrada, de perdón y de penitencia. Ahora, que cada uno la haga como le dé la gana.
¿Cuál cree que será su evolución en el futuro?
Tengo esperanzas de que cuando pase este Año Santo Jacobeo baje y empiece a recuperar su espiritualidad. El Camino se ha mantenido más de mil años porque había un movimiento espiritual detrás, si hubiese sido un parque temático o un sitio para visitar monumentos habría pasado de moda. La gente repite porque le da algo, uno sabe cómo empieza el Camino pero no cómo lo va a acabar. Como yo soy creyente y creo que el Apóstol Santiago lo tiene todo previsto, confío en que esto volverá a su ser.
Miriam Chacón / ICAL
Xosé Antón Vilaboa, hospitalero durante 20 años en San Juan de Ortega (Burgos)
Miriam Chacón / ICAL
Xosé Antón Vilaboa, hospitalero durante 20 años en San Juan de Ortega (Burgos)
Miriam Chacón / ICAL
Xosé Antón Vilaboa, hospitalero durante 20 años en San Juan de Ortega (Burgos)
Miriam Chacón / ICAL
Xosé Antón Vilaboa, hospitalero durante 20 años en San Juan de Ortega (Burgos)
Miriam Chacón / ICAL
Xosé Antón Vilaboa, hospitalero durante 20 años en San Juan de Ortega (Burgos) frente al monasterio de Silos
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