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Pioneros del Camino (VII)- Enrique Alonso: “Si el Camino se sigue comercializando tanto, el peregrino se va a marchar por otro lado porque quiere libertad”
Daniel G. Rojo -
Este burgalés, que colaboró con Elías Valiña desde los inicios del renacer jacobeo, ha pasado toda su vida sacerdotal en localidades vinculadas al Camino, como Belorado o Castrojeriz
Las más de tres décadas de sacerdocio de Enrique Alonso Antón (Citores del Páramo, Burgos, 1948) han transcurrido unidas íntimamente al Camino de Santiago, en localidades tan emblemáticas de la ruta francesa como Belorado, donde pasó 22 años, o Castrojeriz, donde cumplirá tres como párroco este septiembre. Colaborador del sacerdote Elías Valiña, el primer artífice de la recuperación jacobea, ha visto renacer la ruta prácticamente de la nada y alcanzar en la actualidad una “masificación” que considera “peligrosa”.
¿Cómo entró en contacto con el Camino?
Mi pueblo, Citores del Páramo (Burgos), está cerca de Hornillos del Camino, por lo cual desde pequeño veía pasar peregrinos, algunos, claro, sueltos. Empecé a tener más contacto cuando fui a la zona de Castildelgado, ya como sacerdote en el 82, antes de pasar a Belorado. Entonces conocí a Elías Valiña, el gran valedor del Camino y quien más se preocupó por señalizarlo. Él quería darle una nueva dimensión, como la que había tenido en el siglo XII y XIII, y para ello recorría mucho el camino, a pie y en coche. Yo me le encontré en varios sitios, uno de ellos, el primer congreso de Jaca, a comienzos de los 80, para cuya preparación los sacerdotes del Camino ya nos habíamos reunido con el obispo de Galicia. Allí se lanzó, por decirlo de alguna manera, el grito de la posibilidad de recuperar el Camino y todo lo que ofrecía; y se invitó a cada diócesis y a cada provincia a crear su asociación jacobea. Valiña, junto con otros como Luis Ángel Barreda, fue el alma de esa recuperación y el Camino fue creciendo como entidad, en número de asociaciones y de peregrinos. Cada año, la cifra se superaba, se multiplicaba.
Por lo que cuenta la gente que lo conoció, Valiña tenía la capacidad de transmitir su entusiasmo y sus ganas a los que le rodeaban.
Sí, es curioso porque era un hombre pequeñito y delgado, parecía poca cosa físicamente, pero lo vivía y lo expresaba de tal manera que te ilusionaba y te incitaba a reunirte, a buscar, a tratar con instituciones... para que todos se dieran cuenta de la importancia del Camino, porque entonces no estaba reconocido por Europa... Era algo novedoso, que había sido un fenómeno muy significativo desde el siglo XII hasta el XVI o XVII, y que ahora se podía recuperar, con otros matices, porque era capaz de ofrecer a la persona de hoy una motivación para el reencuentro personal, la búsqueda de lo trascendente y la liberación de toda atadura y estrés... Con el tiempo, el Camino ha cogido fama, se ha conocido con los ‘tours’ y los libros, hasta adquirir una amplitud universal, pero entonces apenas lo conocían cuatro personas.
¿Cómo era la logística por aquel entonces?
Hasta el año 80 no hubo ningún refugio. En Belorado comenzamos a habilitar las salas de catequesis para los peregrinos en verano, un día aparecían dos, otro siete... pero cada año se iban multiplicando y tuvimos que poner en marcha un refugio en plan serio, con capacidad para 60 personas. Ahora, hay seis o siete albergues en Belorado.
¿Costó mucho convencer a las instituciones de que apostaran por el Camino?
Hubo de todo. Las instituciones comenzaron a aceptar el Camino como algo que estaba ahí, que ‘estaba viniendo’, pero tampoco le hicieron mucho caso, es la verdad. A la hora de pintarlo, lo hicieron las asociaciones; las credenciales se hacían en Santiago y se distribuían a través de las asociaciones o de los curas... El tema estaba centrado en lo religioso. Poco a poco, a medida que se vieron necesidades, se acudió a las instituciones, sobre todo a ayuntamientos y diputaciones. Para el Jacobeo del 93, las entidades ya habían tomado cartas en el asunto y se formó una especie de comisión interministerial. Con el tiempo, todo se fue desbordando y llegó el turismo, las excursiones... Los años jacobeos tienen eso, son una llamada universal que atrae no sólo a los peregrinos con un poco de espíritu sino a todo el mundo. Todos quieren ver qué es eso, un lugar en el que se pasan momentos difíciles, se encuentran amistades fuertes, se reflexiona, se prescinde de la vida y del estrés, se contemplan obras de arte y también están los refugios que acogen a los peregrinos. Los hospitaleros son, yo diría, los que han levantado el Camino. Cierto es que detrás suyo están las instituciones que los avalan, pero ellos son muy majos.
En los comienzos, ¿fue difícil encontrar voluntarios para ocuparse de los albergues?
Al principio éramos los curas los que atendíamos a los dos, cuatro o seis peregrinos... Les abríamos la puerta, limpiábamos el sitio... tampoco es que por aquel entonces dieran mucha guerra. Un año, apareció una chica catalana que se ofreció como voluntaria para atender el albergue de Hornillos del Camino. Todos nos asombramos, pero ella, como primera hospitalera, hizo un reconocimiento al Camino y a los peregrinos. Con el tiempo, se fue entendiendo la posibilidad de que hubiera voluntarios que no cobraran nada. Un paso más fue la aparición de asociaciones, tanto españolas como extranjeras, que se ofrecieron. En Belorado teníamos, por ejemplo, la Asociación de Amigos del Camino de Suiza, y cada 15 días venían dos personas...
¿El propio Camino comenzó a llamar a la gente, a los voluntarios?
Todo peregrino que haya vivido el Camino con espíritu, que le haya impactado de una forma especial, siempre quiere agradecérselo, y una forma de hacerlo es ofrecerse como hospitalero. Se requiere como condición que todos los hospitaleros hayan hecho el Camino, para que así sepan entenderlo y comprendan las dificultades que padecen los peregrinos, tanto físicas como sanitarias.
¿Por qué cree que el Camino atrajo a tantos extranjeros desde los inicios de su recuperación?
El Camino de Santiago ya se vivió fuera de España en la Edad Media de una forma impresionante. Todas las Villafrancas son de gente francesa que se estableció en la ruta con distintos oficios y profesiones. Esa rememoración histórica pesó y también hay que tener en cuenta que los grandes estudiosos del Camino son de fuera. Y ahora, con este renacimiento, el Camino es uno de los sitios que se conserva más nítido históricamente y menos deteriorado, aunque yo diría que estamos matando la gallina de los huevos de oro.
¿Quiere decir que el éxito lo ha desvirtuado?
Claro. La gran difusión que se ha hecho ha provocado la llegada de multitud de gente, una masificación, y no se vive el espíritu, sólo el folclore, la cultura y el arte. Incluso hay gente que va a buscar novio por el Camino o experiencias de todo tipo, pero no lo hace de verdad. Todo eso es un poco peligroso. De hecho, la gente que busca el Camino de forma más nítida está haciendo las rutas alternativas.
Esas otras vías, ¿son para usted tan legítimas como la francesa?
Claro, cómo no van a serlo, pero no tuvieron ni el apoyo institucional por parte de los reyes, en su momento, ni eran necesarias, porque toda la gente venía de Europa. Esos caminos estaban prácticamente olvidados, mientras que el francés es el que mejor se ha conservado en la memoria; pero ahora hay una masificación, ya no se vive, es una lucha continua por correr para llegar los primeros al refugio y tener sitio... Los peregrinos de verdad pasan de todo eso y buscan los caminos alternativos. En su recuperación también ha intervenido otro fenómeno: que todo el mundo busca que pase por la puerta de su casa para hacer negocio. En cuanto hay una referencia de que un camino o alguien pasó por un sitio, se señaliza y se ponen refugios para captar al peregrino porque es la única mina de ingresos que hoy tenemos. Eso es matar la gallina de los huevos de oro, porque si se comercializa tanto el Camino, el peregrino se va a marchar por otro lado porque quiere libertad y no tantas estructuras ni tanto internet. Lo que quiere es un sitio con un poco de agua y un colchón para pasar la noche. Como fruto de esa acomodación, de esas seguridades que buscamos, de ese mundo del que no queremos prescindir, se mata el Camino porque no produce el efecto que podía producir.
¿El verdadero peregrino tiene que estar siempre motivado por una búsqueda interior?
Sí, sobre todo lo demás está la búsqueda, y el dejarse impactar por el Camino y entender la posibilidad de vivir la vida sin tanto estrés ni tantas ocupaciones que nos agobian. Se trata de que la persona se entienda, en su soledad, con el mundo. Solamente desde esa postura se percibe el Camino como algo valioso, porque da respuestas al que las busca, no al que va a quitar el colchón y el refugio al otro o al que va voceando con la bici... El peligro está en que adaptemos demasiado el Camino a la vivencia cotidiana y llegue un momento en que ya no sirva.
¿Por qué el auge actual del Camino coincide precisamente con un declive en la religiosidad popular?
Por eso mismo. Los que lo hacen por motivos religiosos suponen el 26 por ciento. Eso quiere decir que los otros lo hacen por turismo simplemente, un turismo barato, muy animado, porque lo hace mucha gente, con una infraestructura y unas obras de arte impresionantes, con paz y tranquilidad... Además, hoy la gente sale muchísimo y tiene que buscar nuevos sitios porque se cansa de las playas. Otras rutas naturales son más difíciles o tienen menos infraestructuras. Aquí pueden venir niños, abuelos, matrimonios, gente con la bici... No cabe duda, además, de que los medios de comunicación y los libros han descubierto el Camino de Santiago a otras gentes, en Brasil, China o Japón. Y a la trascendencia del Camino también se ha unido el esoterismo. Todo eso ha hecho que el Camino siga recibiendo más gente y se mantenga en auge, y así seguirá unos años.
Todo este tiempo en el Camino, ¿qué le han aportado a usted y a su sacerdocio?
Estar en el Camino me ha hecho vivirlo, no ser peregrino sino vivir al peregrino. Me ha dado inquietud para ver qué se puede hacer por ellos sin distinción, por los que buscan algo y por los que no. Al que busca algo, le das; al que no, no lo necesita. El peregrino que va motivado y preparado saca más porque las cosas que se viven con mucho sacrificio se llegan a amar. Uno no ama aquello que no le cuesta nada.
Las más de tres décadas de sacerdocio de Enrique Alonso Antón (Citores del Páramo, Burgos, 1948) han transcurrido unidas íntimamente al Camino de Santiago, en localidades tan emblemáticas de la ruta francesa como Belorado, donde pasó 22 años, o Castrojeriz, donde cumplirá tres como párroco este septiembre. Colaborador del sacerdote Elías Valiña, el primer artífice de la recuperación jacobea, ha visto renacer la ruta prácticamente de la nada y alcanzar en la actualidad una “masificación” que considera “peligrosa”.
¿Cómo entró en contacto con el Camino?
Mi pueblo, Citores del Páramo (Burgos), está cerca de Hornillos del Camino, por lo cual desde pequeño veía pasar peregrinos, algunos, claro, sueltos. Empecé a tener más contacto cuando fui a la zona de Castildelgado, ya como sacerdote en el 82, antes de pasar a Belorado. Entonces conocí a Elías Valiña, el gran valedor del Camino y quien más se preocupó por señalizarlo. Él quería darle una nueva dimensión, como la que había tenido en el siglo XII y XIII, y para ello recorría mucho el camino, a pie y en coche. Yo me le encontré en varios sitios, uno de ellos, el primer congreso de Jaca, a comienzos de los 80, para cuya preparación los sacerdotes del Camino ya nos habíamos reunido con el obispo de Galicia. Allí se lanzó, por decirlo de alguna manera, el grito de la posibilidad de recuperar el Camino y todo lo que ofrecía; y se invitó a cada diócesis y a cada provincia a crear su asociación jacobea. Valiña, junto con otros como Luis Ángel Barreda, fue el alma de esa recuperación y el Camino fue creciendo como entidad, en número de asociaciones y de peregrinos. Cada año, la cifra se superaba, se multiplicaba.
Por lo que cuenta la gente que lo conoció, Valiña tenía la capacidad de transmitir su entusiasmo y sus ganas a los que le rodeaban.
Sí, es curioso porque era un hombre pequeñito y delgado, parecía poca cosa físicamente, pero lo vivía y lo expresaba de tal manera que te ilusionaba y te incitaba a reunirte, a buscar, a tratar con instituciones... para que todos se dieran cuenta de la importancia del Camino, porque entonces no estaba reconocido por Europa... Era algo novedoso, que había sido un fenómeno muy significativo desde el siglo XII hasta el XVI o XVII, y que ahora se podía recuperar, con otros matices, porque era capaz de ofrecer a la persona de hoy una motivación para el reencuentro personal, la búsqueda de lo trascendente y la liberación de toda atadura y estrés... Con el tiempo, el Camino ha cogido fama, se ha conocido con los ‘tours’ y los libros, hasta adquirir una amplitud universal, pero entonces apenas lo conocían cuatro personas.
¿Cómo era la logística por aquel entonces?
Hasta el año 80 no hubo ningún refugio. En Belorado comenzamos a habilitar las salas de catequesis para los peregrinos en verano, un día aparecían dos, otro siete... pero cada año se iban multiplicando y tuvimos que poner en marcha un refugio en plan serio, con capacidad para 60 personas. Ahora, hay seis o siete albergues en Belorado.
¿Costó mucho convencer a las instituciones de que apostaran por el Camino?
Hubo de todo. Las instituciones comenzaron a aceptar el Camino como algo que estaba ahí, que ‘estaba viniendo’, pero tampoco le hicieron mucho caso, es la verdad. A la hora de pintarlo, lo hicieron las asociaciones; las credenciales se hacían en Santiago y se distribuían a través de las asociaciones o de los curas... El tema estaba centrado en lo religioso. Poco a poco, a medida que se vieron necesidades, se acudió a las instituciones, sobre todo a ayuntamientos y diputaciones. Para el Jacobeo del 93, las entidades ya habían tomado cartas en el asunto y se formó una especie de comisión interministerial. Con el tiempo, todo se fue desbordando y llegó el turismo, las excursiones... Los años jacobeos tienen eso, son una llamada universal que atrae no sólo a los peregrinos con un poco de espíritu sino a todo el mundo. Todos quieren ver qué es eso, un lugar en el que se pasan momentos difíciles, se encuentran amistades fuertes, se reflexiona, se prescinde de la vida y del estrés, se contemplan obras de arte y también están los refugios que acogen a los peregrinos. Los hospitaleros son, yo diría, los que han levantado el Camino. Cierto es que detrás suyo están las instituciones que los avalan, pero ellos son muy majos.
En los comienzos, ¿fue difícil encontrar voluntarios para ocuparse de los albergues?
Al principio éramos los curas los que atendíamos a los dos, cuatro o seis peregrinos... Les abríamos la puerta, limpiábamos el sitio... tampoco es que por aquel entonces dieran mucha guerra. Un año, apareció una chica catalana que se ofreció como voluntaria para atender el albergue de Hornillos del Camino. Todos nos asombramos, pero ella, como primera hospitalera, hizo un reconocimiento al Camino y a los peregrinos. Con el tiempo, se fue entendiendo la posibilidad de que hubiera voluntarios que no cobraran nada. Un paso más fue la aparición de asociaciones, tanto españolas como extranjeras, que se ofrecieron. En Belorado teníamos, por ejemplo, la Asociación de Amigos del Camino de Suiza, y cada 15 días venían dos personas...
¿El propio Camino comenzó a llamar a la gente, a los voluntarios?
Todo peregrino que haya vivido el Camino con espíritu, que le haya impactado de una forma especial, siempre quiere agradecérselo, y una forma de hacerlo es ofrecerse como hospitalero. Se requiere como condición que todos los hospitaleros hayan hecho el Camino, para que así sepan entenderlo y comprendan las dificultades que padecen los peregrinos, tanto físicas como sanitarias.
¿Por qué cree que el Camino atrajo a tantos extranjeros desde los inicios de su recuperación?
El Camino de Santiago ya se vivió fuera de España en la Edad Media de una forma impresionante. Todas las Villafrancas son de gente francesa que se estableció en la ruta con distintos oficios y profesiones. Esa rememoración histórica pesó y también hay que tener en cuenta que los grandes estudiosos del Camino son de fuera. Y ahora, con este renacimiento, el Camino es uno de los sitios que se conserva más nítido históricamente y menos deteriorado, aunque yo diría que estamos matando la gallina de los huevos de oro.
¿Quiere decir que el éxito lo ha desvirtuado?
Claro. La gran difusión que se ha hecho ha provocado la llegada de multitud de gente, una masificación, y no se vive el espíritu, sólo el folclore, la cultura y el arte. Incluso hay gente que va a buscar novio por el Camino o experiencias de todo tipo, pero no lo hace de verdad. Todo eso es un poco peligroso. De hecho, la gente que busca el Camino de forma más nítida está haciendo las rutas alternativas.
Esas otras vías, ¿son para usted tan legítimas como la francesa?
Claro, cómo no van a serlo, pero no tuvieron ni el apoyo institucional por parte de los reyes, en su momento, ni eran necesarias, porque toda la gente venía de Europa. Esos caminos estaban prácticamente olvidados, mientras que el francés es el que mejor se ha conservado en la memoria; pero ahora hay una masificación, ya no se vive, es una lucha continua por correr para llegar los primeros al refugio y tener sitio... Los peregrinos de verdad pasan de todo eso y buscan los caminos alternativos. En su recuperación también ha intervenido otro fenómeno: que todo el mundo busca que pase por la puerta de su casa para hacer negocio. En cuanto hay una referencia de que un camino o alguien pasó por un sitio, se señaliza y se ponen refugios para captar al peregrino porque es la única mina de ingresos que hoy tenemos. Eso es matar la gallina de los huevos de oro, porque si se comercializa tanto el Camino, el peregrino se va a marchar por otro lado porque quiere libertad y no tantas estructuras ni tanto internet. Lo que quiere es un sitio con un poco de agua y un colchón para pasar la noche. Como fruto de esa acomodación, de esas seguridades que buscamos, de ese mundo del que no queremos prescindir, se mata el Camino porque no produce el efecto que podía producir.
¿El verdadero peregrino tiene que estar siempre motivado por una búsqueda interior?
Sí, sobre todo lo demás está la búsqueda, y el dejarse impactar por el Camino y entender la posibilidad de vivir la vida sin tanto estrés ni tantas ocupaciones que nos agobian. Se trata de que la persona se entienda, en su soledad, con el mundo. Solamente desde esa postura se percibe el Camino como algo valioso, porque da respuestas al que las busca, no al que va a quitar el colchón y el refugio al otro o al que va voceando con la bici... El peligro está en que adaptemos demasiado el Camino a la vivencia cotidiana y llegue un momento en que ya no sirva.
¿Por qué el auge actual del Camino coincide precisamente con un declive en la religiosidad popular?
Por eso mismo. Los que lo hacen por motivos religiosos suponen el 26 por ciento. Eso quiere decir que los otros lo hacen por turismo simplemente, un turismo barato, muy animado, porque lo hace mucha gente, con una infraestructura y unas obras de arte impresionantes, con paz y tranquilidad... Además, hoy la gente sale muchísimo y tiene que buscar nuevos sitios porque se cansa de las playas. Otras rutas naturales son más difíciles o tienen menos infraestructuras. Aquí pueden venir niños, abuelos, matrimonios, gente con la bici... No cabe duda, además, de que los medios de comunicación y los libros han descubierto el Camino de Santiago a otras gentes, en Brasil, China o Japón. Y a la trascendencia del Camino también se ha unido el esoterismo. Todo eso ha hecho que el Camino siga recibiendo más gente y se mantenga en auge, y así seguirá unos años.
Todo este tiempo en el Camino, ¿qué le han aportado a usted y a su sacerdocio?
Estar en el Camino me ha hecho vivirlo, no ser peregrino sino vivir al peregrino. Me ha dado inquietud para ver qué se puede hacer por ellos sin distinción, por los que buscan algo y por los que no. Al que busca algo, le das; al que no, no lo necesita. El peregrino que va motivado y preparado saca más porque las cosas que se viven con mucho sacrificio se llegan a amar. Uno no ama aquello que no le cuesta nada.
Rubén Cacho / ICAL
Enrique Alonso Antón, párroco de Castrojeriz (Burgos)
Rubén Cacho / ICAL
Enrique Alonso Antón, párroco de Castrojeriz (Burgos)
Rubén Cacho / ICAL
Enrique Alonso Antón, párroco de Castrojeriz (Burgos)
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Enrique Alonso Antón, párroco de Castrojeriz (Burgos)
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