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Espíritu templario a más de 1.400 metros de altura
E. Prieto -
Paco Gil vive desde hace seis años consagrado a atender a los peregrinos en el refugio de Manjarín (León), siguiendo las directrices de la Orden del Temple de pobreza y austeridad
“Soy lo que soy de verdad por dentro y me importa un pepino lo que piensen de mí”, asegura con rotundidad Paco Gil, escudero de la Orden del Temple y uno de los encargados de atender a los peregrinos en el refugio de Manjarín (León), uno de los más austeros y peculiares del Camino Francés. Sentado junto a la estufa tomando un café mientras la tosca construcción que sirve como albergue sufre las embestidas del feroz viento que azota el mítico Monte Irago, Paco atiende con paciencia las preguntas de otro visitante atraído por la leyenda que rodea Manjarín, mientras su compañera sentimental le escucha en silencio.
Ataviado con unos pantalones militares, un gorro y un jersey tapado por la gran cruz roja de los templarios a la altura del pecho, el hospitalero asegura que la vida en este pueblo que hasta hace 16 años estaba abandonado “no tiene nada que ver con la mayoría de lo que se cuenta”. “Esto es una encomienda templaria, una casa privada y de acogida de peregrinos”, aclara.
Paco explica que el refugio fue fundado en 1993 por Tomás Martínez, quien buscaba “una vida diferente a la que llevaba en la ciudad”. “Cuando llegó aquí, Manjarín estaba abandonado y todo lo que él tenía eran dos kilos de café y tres de azúcar”, relata el hospitalero, quien señala que en la actualidad viven allí nueve personas, todas antiguos romeros que conocieron a Tomás y quienes también querían “cambiar de vida”.
“Vivimos en comunidad, cada uno se dedica a una cosa, pero lo que hay es para la familia y para cuidar los bienes que Dios nos da todos los días, para que caigan en las manos correctas”, explica Paco, quien indica que cuentan con un piloto comercial, un artesano, un encargado de almacenes, etc. Cinco de los residentes viven según las directrices del Temple y los otros cuatro tienen otra línea espiritual, aunque sólo pertenecen a la Orden Tomás, que es el comendador, y él mismo, que es escudero. Además, otro chico, Antonio, es postulante.
Aunque es reacio a hablar sobre la mítica Orden del Temple, sobre la que circulan todo tipo de leyendas y rumores, y que oficialmente desapareció en el siglo XIV, sí explica que aún cuenta con miembros en activo. “Tenemos todos los votos: de servicio, obediencia, vida austera... menos el de castidad”, señala. Respecto a los requisitos para ser un templario, señala que hay que estar “un mínimo de tres años como postulante y demostrar que vas a ser pobre todos los días de tu vida y que vas a servir a los demás”.
Un cambio radical
Hace seis años, Paco decidió dejar todo atrás y empezar una nueva vida en Manjarín. Nacido en Aragón, “en un pueblo al lado del Moncayo”, había hecho tres veces el Camino de Santiago y la cuarta acabó en Finisterre y luego regresó a la que sería su nueva casa. “Cuando salí la última vez sabía que no iba a volver porque tenía un nivel económico bastante alto, pero no tenía otra cosa. Arreglaba brazos robóticos y después de dos años dejé el trabajo de un día para otro”, rememora.
Ahora, con 43 años, se muestra satisfecho de una existencia que ha colmado sus expectativas. “A mí me encanta esto, es una maravilla, y pensé que lo único malo es que cómo iba a encontrar una compañera y hasta eso tengo”, explica mientras señala a su pareja, Rosa Aznar, quien pasó por el refugio de Tomás en 1996 mientras peregrinaba hacia Compostela y, tras repetir la experiencia, hace cinco años decidió quedarse a vivir allí.
“Yo por voluntad propia no me voy a marchar jamás de Manjarín. Salvo que me echen de la Orden, no me pienso ir”, asegura con firmeza Paco, quien cree que “el Camino de Santiago tiene muchas cosas, pero sobre todo que se puede vivir más de acuerdo a lo qué es la vida, es una vía espiritual de encuentro con uno mismo”. “En mi caso, me permite hacer lo que me gusta, lo que siempre quise hacer; poco a poco te vas limpiando de tu vida anterior, del egoísmo, la mentira...”, señala, convencido de que la ruta jacobea es “una gran escuela donde uno aprende todos los días, sobre todo a ser más humano”.
El aragonés destaca los beneficios que aporta este itinerario a los peregrinos. “Simplemente caminando día a día al menos cargas las pilas porque la ruta de Roncesvalles (Navarra) hasta Santiago es una vía telúrica”, afirma. “En el Camino se pueden encontrar cosas muy valiosas y ninguna es material”, añade Paco, quien apostilla que cuando en la encomienda han tenido alguna necesidad, el Camino se la ha cubierto: “Te da alimento para el cuerpo y el espíritu; el otro día nos faltaba fruta e iba a llegar el temporal, de repente nos llegó un aguinaldo con cinco kilos de fruta”.
Cobrar en cariño
Respecto a su tarea como hospitalero, cree que es “algo que se lleva en el corazón” porque la ruta jacobea “no es un negocio, aunque lo quieran convertir en eso”. “La gente se está echando al Camino para buscar cosas que no encuentra en la ciudad, hasta el que no cree, y por eso hemos decidido seguir adelante”, resalta Paco, quien asegura que “ayudar a la gente que lo necesita es un gran sueldo; cobrar en cariño y amistad es lo mejor”.
Ni el incremento de habitantes ni el de peregrinos han conseguido cambiar el espíritu del refugio situado en las cercanías de la Cruz de Ferro, repleto de símbolos templarios y recuerdos de los romeros por todas partes y tan austero que carece de servicios básicos como agua caliente. “Aquí no tenemos duchas, este año las voy a poner, pero naturales”, apostilla Paco, quien señala que, como máximo, pueden acoger a 30 caminantes. “En invierno hay días en los que no pasa nadie, pero en verano se han llegado a juntar aquí 90 personas en un día y a pasar 300 o 400”, añade.
Su rutina diaria está marcada por la afluencia de peregrinos. El templario explica que en invierno dedican “muchas horas al estudio, igual de la Kábala que del Corán”, y que tienen un régimen diario de oraciones. Y, en temporada alta, están más atentos al que les pide ayuda, además de atender un huerto y criar varios animales.
“Nosotros no hacemos distinciones entre los peregrinos, se atiende a todo el mundo que llama porque hay que ayudar a todas las personas que tienen problemas y los turistas muchas veces los tienen”, señala Paco, quien explica que en estos seis años ha hecho “amistades de todo el mundo” y eso que no habla “ni inglés”. “Creo en el lenguaje del corazón, que es el que vale”, concluye.
“Soy lo que soy de verdad por dentro y me importa un pepino lo que piensen de mí”, asegura con rotundidad Paco Gil, escudero de la Orden del Temple y uno de los encargados de atender a los peregrinos en el refugio de Manjarín (León), uno de los más austeros y peculiares del Camino Francés. Sentado junto a la estufa tomando un café mientras la tosca construcción que sirve como albergue sufre las embestidas del feroz viento que azota el mítico Monte Irago, Paco atiende con paciencia las preguntas de otro visitante atraído por la leyenda que rodea Manjarín, mientras su compañera sentimental le escucha en silencio.
Ataviado con unos pantalones militares, un gorro y un jersey tapado por la gran cruz roja de los templarios a la altura del pecho, el hospitalero asegura que la vida en este pueblo que hasta hace 16 años estaba abandonado “no tiene nada que ver con la mayoría de lo que se cuenta”. “Esto es una encomienda templaria, una casa privada y de acogida de peregrinos”, aclara.
Paco explica que el refugio fue fundado en 1993 por Tomás Martínez, quien buscaba “una vida diferente a la que llevaba en la ciudad”. “Cuando llegó aquí, Manjarín estaba abandonado y todo lo que él tenía eran dos kilos de café y tres de azúcar”, relata el hospitalero, quien señala que en la actualidad viven allí nueve personas, todas antiguos romeros que conocieron a Tomás y quienes también querían “cambiar de vida”.
“Vivimos en comunidad, cada uno se dedica a una cosa, pero lo que hay es para la familia y para cuidar los bienes que Dios nos da todos los días, para que caigan en las manos correctas”, explica Paco, quien indica que cuentan con un piloto comercial, un artesano, un encargado de almacenes, etc. Cinco de los residentes viven según las directrices del Temple y los otros cuatro tienen otra línea espiritual, aunque sólo pertenecen a la Orden Tomás, que es el comendador, y él mismo, que es escudero. Además, otro chico, Antonio, es postulante.
Aunque es reacio a hablar sobre la mítica Orden del Temple, sobre la que circulan todo tipo de leyendas y rumores, y que oficialmente desapareció en el siglo XIV, sí explica que aún cuenta con miembros en activo. “Tenemos todos los votos: de servicio, obediencia, vida austera... menos el de castidad”, señala. Respecto a los requisitos para ser un templario, señala que hay que estar “un mínimo de tres años como postulante y demostrar que vas a ser pobre todos los días de tu vida y que vas a servir a los demás”.
Un cambio radical
Hace seis años, Paco decidió dejar todo atrás y empezar una nueva vida en Manjarín. Nacido en Aragón, “en un pueblo al lado del Moncayo”, había hecho tres veces el Camino de Santiago y la cuarta acabó en Finisterre y luego regresó a la que sería su nueva casa. “Cuando salí la última vez sabía que no iba a volver porque tenía un nivel económico bastante alto, pero no tenía otra cosa. Arreglaba brazos robóticos y después de dos años dejé el trabajo de un día para otro”, rememora.
Ahora, con 43 años, se muestra satisfecho de una existencia que ha colmado sus expectativas. “A mí me encanta esto, es una maravilla, y pensé que lo único malo es que cómo iba a encontrar una compañera y hasta eso tengo”, explica mientras señala a su pareja, Rosa Aznar, quien pasó por el refugio de Tomás en 1996 mientras peregrinaba hacia Compostela y, tras repetir la experiencia, hace cinco años decidió quedarse a vivir allí.
“Yo por voluntad propia no me voy a marchar jamás de Manjarín. Salvo que me echen de la Orden, no me pienso ir”, asegura con firmeza Paco, quien cree que “el Camino de Santiago tiene muchas cosas, pero sobre todo que se puede vivir más de acuerdo a lo qué es la vida, es una vía espiritual de encuentro con uno mismo”. “En mi caso, me permite hacer lo que me gusta, lo que siempre quise hacer; poco a poco te vas limpiando de tu vida anterior, del egoísmo, la mentira...”, señala, convencido de que la ruta jacobea es “una gran escuela donde uno aprende todos los días, sobre todo a ser más humano”.
El aragonés destaca los beneficios que aporta este itinerario a los peregrinos. “Simplemente caminando día a día al menos cargas las pilas porque la ruta de Roncesvalles (Navarra) hasta Santiago es una vía telúrica”, afirma. “En el Camino se pueden encontrar cosas muy valiosas y ninguna es material”, añade Paco, quien apostilla que cuando en la encomienda han tenido alguna necesidad, el Camino se la ha cubierto: “Te da alimento para el cuerpo y el espíritu; el otro día nos faltaba fruta e iba a llegar el temporal, de repente nos llegó un aguinaldo con cinco kilos de fruta”.
Cobrar en cariño
Respecto a su tarea como hospitalero, cree que es “algo que se lleva en el corazón” porque la ruta jacobea “no es un negocio, aunque lo quieran convertir en eso”. “La gente se está echando al Camino para buscar cosas que no encuentra en la ciudad, hasta el que no cree, y por eso hemos decidido seguir adelante”, resalta Paco, quien asegura que “ayudar a la gente que lo necesita es un gran sueldo; cobrar en cariño y amistad es lo mejor”.
Ni el incremento de habitantes ni el de peregrinos han conseguido cambiar el espíritu del refugio situado en las cercanías de la Cruz de Ferro, repleto de símbolos templarios y recuerdos de los romeros por todas partes y tan austero que carece de servicios básicos como agua caliente. “Aquí no tenemos duchas, este año las voy a poner, pero naturales”, apostilla Paco, quien señala que, como máximo, pueden acoger a 30 caminantes. “En invierno hay días en los que no pasa nadie, pero en verano se han llegado a juntar aquí 90 personas en un día y a pasar 300 o 400”, añade.
Su rutina diaria está marcada por la afluencia de peregrinos. El templario explica que en invierno dedican “muchas horas al estudio, igual de la Kábala que del Corán”, y que tienen un régimen diario de oraciones. Y, en temporada alta, están más atentos al que les pide ayuda, además de atender un huerto y criar varios animales.
“Nosotros no hacemos distinciones entre los peregrinos, se atiende a todo el mundo que llama porque hay que ayudar a todas las personas que tienen problemas y los turistas muchas veces los tienen”, señala Paco, quien explica que en estos seis años ha hecho “amistades de todo el mundo” y eso que no habla “ni inglés”. “Creo en el lenguaje del corazón, que es el que vale”, concluye.
Miriam Chacón / ICAL
Albergue de peregrinos en Manjarín (León)
Miriam Chacón / ICAL
Albergue de peregrinos en Manjarín (León)
Miriam Chacón / ICAL
Albergue de peregrinos en Manjarín (León)
Miriam Chacón / ICAL
Objetos en el albergue de peregrinos en Manjarín (León)
Miriam Chacón / ICAL
Paco Gil, escudero de Tomás, y su compañera Rosa en el albergue de Manjarín (León)
Miriam Chacón / ICAL
Paco Gil, escudero de Tomás, en el albergue de Manjarín (León)
Miriam Chacón / ICAL
Albergue de peregrinos en Manjarín (León)
Miriam Chacón / ICAL
Albergue de peregrinos en Manjarín (León)
Miriam Chacón / ICAL
Albergue de peregrinos en Manjarín (León)
Miriam Chacón / ICAL
Peregrinos de camino a Foncebadón (León)
Miriam Chacón / ICAL
Subida a la cruz de Hierro desde Foncebadón (León)
Miriam Chacón / ICAL
Subida a la cruz de Hierro desde Foncebadón (León)
Miriam Chacón / ICAL
Señalización jacobea de camino al albergue de Manjarín (León)
Miriam Chacón / ICAL
Señalización jacobea de camino a Ponferrada
Miriam Chacón / ICAL
Señalización jacobea de camino a Ponferrada
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