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Rubén Cacho /ICAL - Monasterio de San Antón en Castrojeriz (Burgos)

Una experiencia medieval a la mitad del Camino

Daniel G. Rojo - Sin luz ni agua caliente y prácticamente a cielo raso, el hospital de peregrinos de las ruinas del monasterio de San Antón, en Castrojeriz (Burgos), evoca el espíritu de las peregrinaciones jacobeas primigenias

Aunque los peregrinos suelen apretar la marcha para recorrer cuanto antes la carretera de Hontanas a Castrojeriz, final de etapa del Camino de Santiago, a cuatro kilómetros escasos de esta paradigmática villa jacobea se halla un motivo que, invariablemente, les hace detenerse y, en algunos casos, incluso pernoctar allí en lugar de en el antiguo castro celtibérico: las ruinas del monasterio de San Antón.

Las paredes agrietadas, las bóvedas resquebrajadas y los arcos abiertos a la Tierra de Campos ejercen una fuerza magnética sobre el turista casual e invitan al peregrino a despojarse de su mochila, apoyar el bordón en la pared y pasar la noche en el albergue de donativo que hoy ocupa el mismo espacio que hace ocho siglos el hospital de los monjes de la orden de San Antonio Abad, que curaba a los aquejados de ergotismo o ‘fuego de San Antón’, una enfermedad gangrenosa provocada por el cornezuelo del centeno.

Ovidio Campo sintió ese magnetismo de las ruinas, enclavadas casi a la mitad del Camino Francés a Compostela, cuando las conoció como peregrino en 1989 y quedó “prendado” de ellas. Trece años después, el 7 de julio de 2002, hacía realidad un sueño con la apertura de un hospital de peregrinos en el antiguo cenobio, clausurado por Carlos IV en 1791, dos años después de la supresión de la orden de los antonianos.

Sin luz ni agua caliente y con la luna y las estrellas como techo, el albergue, abierto de mayo a septiembre, evoca las condiciones primigenias de la ruta jacobea y ofrece al romero “una experiencia única”. “Ante todo, soy peregrino y creo en la autenticidad y la austeridad, en mantener el espíritu medieval”, explica Campo, quien llegó a un acuerdo con el actual propietario de las ruinas, Eliécer Díez, para mantener abierto el albergue durante 33 años.

Su principal objetivo una vez establecido el hospital fue “buscar financiación” en la Junta de Castilla y León y la Diputación de Burgos para frenar el deterioro de las ruinas y “consolidarlas”. “Quedan cosas, pero lo principal se ha hecho”, matiza el hospitalero y empresario, quien no se muestra partidario de una restauración total del edificio. “Las ruinas tienen su encanto tal y como están”.

Su belleza seduce a muchos peregrinos, pero sólo doce pueden pasar la noche en el monasterio, una cifra nada caprichosa y que, como ocurre con el resto de peculiaridades del albergue, está relacionada con su historia y sus orígenes. En el ‘Catastro de la Ensenada’ del siglo XVIII, el documento “más fiable” de los que se conservan con información sobre el monasterio, figura que tenía doce camas, ocho para hombres y cuatro para mujeres, el mismo número que las cruces de tau de su rosetón, emblema de los antonianos y, posteriormente, también de los franciscanos.

El contacto con las ruinas despertó en Ovidio Campo una curiosidad por los antonianos y su cenobio que le ha llevado a convertirse en un experto en la materia, como acreditan los dos cursos que ha impartido, el último este mismo verano en la Universidad de Burgos. “La orden es muy curiosa y desconocida y los peregrinos y turistas que pasan por aquí se interesan por ella y por las ruinas, preguntan...”, señala el hospitalero.

La noche “más hermosa”

Uno de esos peregrinos, la francesa Geraldine, quedó tan impresionada por el monasterio que se quedó a dormir allí. “Fue la noche más hermosa del trayecto”, recuerda sentada junto a la cocina del albergue, donde actualmente trabaja como voluntaria. “Hay gente que pasa por aquí a propósito para conocer las ruinas, pero otros no saben nada y es un flechazo. Cuando les explicas que no hay agua caliente ni electricidad y no les importa, es señal de que se van a quedar. Todos los que duermen aquí tienen esa motivación, lo hacen por enamoramiento”, apunta la francesa, quien valora encarecidamente “la tranquilidad” que emana de las antiguas piedras, la frescura de sus aguas de manantial, “el mismo” de la época medieval, y el trato con los peregrinos. “Por la noche, la gente se pasa una vela y cuenta cómo le va el camino a la luz de las estrellas y de la luna”.

“Es una experiencia maravillosa y espero seguir con ella al pie del cañón, para conservar el espíritu”, resume Ovidio Campo, quien sólo tiene palabras de agradecimiento para los voluntarios que le ayudan a mantener abiertas las puertas de este singular hospital. “Cuando pones en marcha un proyecto altruista, siempre te encuentras con gente altruista en el camino”, dice con satisfacción.
Rubén Cacho / ICAL
Hospital de Peregrinos situado en las ruinas del Monasterio de San Antón en Castrojeriz (Burgos)
Rubén Cacho / ICAL
Hospital de Peregrinos situado en las ruinas del Monasterio de San Antón en Castrojeriz (Burgos)
Rubén Cacho / ICAL
Hospital de Peregrinos situado en las ruinas del Monasterio de San Antón en Castrojeriz (Burgos)
Rubén Cacho / ICAL
Hospital de Peregrinos situado en las ruinas del Monasterio de San Antón en Castrojeriz (Burgos)
Rubén Cacho / ICAL
Hospital de Peregrinos situado en las ruinas del Monasterio de San Antón en Castrojeriz (Burgos)
Rubén Cacho / ICAL
Hospital de Peregrinos situado en las ruinas del Monasterio de San Antón en Castrojeriz (Burgos)
Rubén Cacho / ICAL
Hospital de Peregrinos situado en las ruinas del Monasterio de San Antón en Castrojeriz (Burgos)
Rubén Cacho / ICAL
Hospital de Peregrinos situado en las ruinas del Monasterio de San Antón en Castrojeriz (Burgos)
Rubén Cacho / ICAL
Hospital de Peregrinos situado en las ruinas del Monasterio de San Antón en Castrojeriz (Burgos)