Inicio >> Listado de reportajes >> reportajes
Miriam Chacón /ICAL - Alberguería Laganares en San Nicolás del Real Camino (Palencia)

Más allá de la hostelería

C.V.F. - El albergue de San Nicolás del Real Camino ofrece tranquilidad y ambiente familiar. Marisa Huidobro, que lo regenta, afirma que se trata de un trabajo duro que “merece la pena”

En San Nicolás del Real Camino, una pedanía del municipio palentino de Moratinos, regenta un albergue de peregrinos Marisa Huidobro. Natural de Villada, ha dedicado los últimos siete años a atender a quienes caminan por esta zona de la ruta jacobea, menos transitada que en su recta final.

“Mi marido es de este pueblo y veíamos pasar a muchos peregrinos. No había bar, ni albergue y la gente te preguntaba. Salió la oportunidad de comprar esta casa, la arreglamos, nos pusimos a trabajar y hasta hoy”, resume.

Aunque nunca pensó que la tarea fuese tan dura. Demasiadas horas de trabajo “sin descansar ni un día” desde que comienza la temporada allá por el mes de marzo. “En invierno cerramos”, precisa. Y en mayo y agosto hay que afrontar los meses de mayor intensidad de paso.

“Si lo trabajas tú es muy duro, claro. Es distinto si tienes a alguien contratado que lleve el albergue o a hospitaleros voluntarios. Nosotros solemos contratar a una persona en mayo”, explica Marisa.

Pero el resultado merece la pena, porque los peregrinos “son gente muy educada, de distintas culturas, con distintos idiomas”. Y eso que Marisa y su marido se entienden con ellos principalmente por señas. “El que se quiere hacer entender, se hace entender. No tenemos problemas. La pena es que con los extranjeros no puedes tener conversación”, se lamenta.

Con los nacionales es otra cosa. “En los albergues hablamos de todo, de los hijos que tienen ellos, de los que tenemos nosotros, del trabajo de cada uno, intercambiamos recetas de cocina, o consejos para cuidar las plantas, otros hablan de fútbol”, enumera.

“Los españoles”, reflexiona Marisa, “suelen hacer el Camino por etapas, porque no todo el mundo tiene un mes de vacaciones para hacerlo, o no quiere o no puede gastarlo en ello”.

“La gente tiene la idea de que esto es muy monótono, que es aburrido, pero no es cierto. Además, también es parte del Camino y si no, sería todo igual. Cada zona tiene su encanto”, asegura. Y los moradores de estos pueblos son su principal aliciente, en su opinión, porque “se dan a los peregrinos, enseguida hablan con ellos”. El paisaje también constituye uno de sus puntos fuertes, con “primaveras muy verdes, otoños llenos de ocres, en un espacio de gran tranquilidad”. “No sé, yo estoy feliz aquí”, se sincera.

Y esa serenidad se palpa al entrar en un albergue “pequeño, familiar”, donde los peregrinos buscan “principalmente descansar”. Cuatro habitaciones, dos con capacidad para seis personas y las otras dos con cuatro plazas cada una, baños, una salita y un coqueto patio con lavadero y donde poder tomar el sol componen su oferta. Además del bar.

Su propietaria defiende que el suyo “no es un negocio de hostelería puro y duro” porque se prestan a solicitudes que no aceptarían en otro tipo de establecimientos. “Te piden agua caliente para hacerse una infusión, se meten en el baño sin pedir permiso, aceite para un bocadillo que traen ellos, un poco de esparadrapo...”. El listado es interminable e insólito.

Marisa cree que los peregrinos auténticos “evitan los años jacobeos”, dejando paso a romeros más peculiares. “Es cuando pasa gente de todo tipo y se hacen esas cosas de venir con el burro, la cabra, el dromedario o los bueyes. Aquí hemos visto de todo”, ríe, al tiempo que expresa también sus temores: “Creo que con tanto ‘boom’ la gente se retrae y no viene. Vamos, que se produce el efecto contrario. En 2004 pasó. Por lo menos en esta zona.”
Miriam Chacón / ICAL
Marisa Huidobro, responsable de la Alberguería Laganares en San Nicolás del Real Camino (Palencia), sella a la credencial a un peregrino
Miriam Chacón / ICAL
Dos peregrinas descansan en el exterior de la alberguería Laganares en San Nicolás del Real Camino (Palencia)